Poco a poco irán tejiendo
el nido sentimental, subconsciente, que alentará y dará
soporte a la formación del carácter y la personalidad del
nuevo ser. Este nuevo ser que también se desarrollará entre
cuidados de todo tipo, que trataremos de observar, de seguir,
siempre con máximas precauciones para no interferir su
delicada trayectoria.
Actualmente muchos estamos
de acuerdo en considerar el periodo de la gestación no como
una enfermedad sino como un estado de salud que requiere sus
atenciones, pero un estado abierto a vivir las mejores
emociones, a dar cabida a las mayores alegrías. A una
predisposición para adoptar cambios positivos en los hábitos
de vida (alimentarios, higiénicos) a un periodo de
reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro de
nuestras relaciones de pareja, de nuestras relaciones con la
madre, con los padres. Muchas parejas son jóvenes y acaban de
vivir o están todavía intentando resolver problemas con la
generación de sus padres, conflictos con los roles sociales
establecidos para el género femenino o masculino,... y ya
están participando en la creación de un nuevo ser.
¡Qué importante
profundizar qué desearíamos proyectar de todos estos valores
y conflictos nuestros sobre él!. ¡ Qué importante, qué
rico el periodo de la gestación si podemos vivirlo tan
intensamente!.
Estos embarazos pueden
evolucionar vigilados delicadamente sin necesidad de
medicalización y sin abuso de la tecnología. Si nos
encontramos ante embarazos de riesgo, gemelares, gestaciones
de mamás diabéticas o hipertensas, o de familias portadoras
de defectos congénitos, son embarazos que requieren una mayor
atención médica e incluso necesitarían una mayor
dedicación psicológica a fin de que el recién nacido pueda
llegar a una familia más reconfortada desde el punto de vista
emocional. Estos son los embarazos que deben tener a su
alcance la tecnología de que hoy disponen los hospitales, si
llegan a requerirla.
A pesar de todo ello somos
conscientes de que nacer a la vida y la posibilidad de la
muerte siempre se hallan íntimamente ligadas a nuestra
existencia. Sabemos que actualmente el índice de mortalidad
perinatal en los hospitales de los pases desarrollados oscila
en torno a siete-quince bebés muertos por cada mil nacidos
vivos.
Esta es una cifra muy baja
conseguida en los últimos años y difícilmente reductible,
porque es difícil mejorar las condiciones de vida
(alimentación, higiene, vivienda) y la universalización de
la asistencia sanitaria ya es un hecho. Además la naturaleza
siempre en algún momento guarda un secreto que se nos escapa.
Cuando tenemos la
tranquilidad de unas condiciones ambientales favorables, de
mayores conocimientos, posibilidad de acceso a los recursos
técnicos en caso necesario,... podemos plantearnos la idea de
fomentar un parto y un nacimiento autónomo, libre, familiar,
más parecido al de nuestras abuelas. En aquellos días el
índice de natalidad era mucho más alto, la disgregación y
dispersión de la familia todavía no era una realidad hasta
el punto que lo es actualmente, todavía cada individuo, cada
persona se desarrollaba en un entorno, fuese rural o urbano,
interfamiliar o familiar mucho más amplio del que hoy
tenemos. Madres, hermanas, tías, primas, amigas podían
coincidir embarazadas. Cualquier momento era bueno, cualquier
espacio era punto de reunión para comentar las incidencias de
cada cual, se formaba un saber colectivo, una confianza
colectiva, una ilusión, también unos miedos o unas dudas
colectivas, pero allí estaban personas con experiencia
dispuestas a colaborar, la comadrona, las abuelas,...
Es evidente que la
mortalidad era más alta, ya he dicho que las condiciones
sociales y sanitarias eran otras. Actualmente las cesáreas
electivas o programadas por causa médica (placentas previas,
malas posiciones del/a bebé, eclampsias, diabetes
incontroladas...), no por conveniencia del personal sanitario
o de los padres, son las que disminuyen de forma rotunda la
mortalidad de las mujeres y de lo/as bebés, que unos años
atrás hubiesen sido inevitables.
Llegado el feliz momento del
día del parto cada una contaba con la ayuda de las demás y
las demás con la de una y con la de la comadrona. Ella era
quien decidía si era necesaria la presencia del médico en un
momento dado. El puerperio y la crianza seguían siendo tarea
en común.
Hoy esta experiencia
colectiva no existe, cada mujer embarazada, viva sola o en
pareja, acostumbra a ser la única embarazada entre sus
familiares y conocidos, difícilmente coincide con otra de su
trabajo, de su escalera, de sus amigas, quizás si ya tiene
niños coincida con otra mamá del colegio de su hijo.
Difícil comunicar experiencias, sentimientos, emociones,
dudas,... difícil compartir, difícil ayudar.
Diría que estas sociedades
tan económicamente desarrolladas, tan informatizadas y tan
poderosas, se están convirtiendo en las más pobres, en las
más subdesarrolladas en relaciones humanas y personales,
muchos seres aislados, muchos seres acomplejados, llenos de
temores, muchos seres apartados porque no dan la talla, unas
élites arrasadoras, una agresividad social fruto de la voraz
competencia, Gobiernos con derecho a matar las vidas que
nosotras, las madres cultivamos,...
La familia nuclear en que
empezamos a crecer algunos de nosotros y en la que están
creciendo la mayoría de las nuevas generaciones, el
aislamiento social a que conduce el consumismo, la segunda
vivienda... son elementos nuevos, propios de esta sociedad de
"progreso" que en su día podremos analizar si no
nos están abocando a una involución de la conciencia humana.
En estas condiciones es
difícil que una mujer pueda ayudar en el parto de su sobrino,
o de su primo, o del hijo de su amiga, también es difícil
que lo pueda hacer su madre, su tía, su abuela,... porque han
oído tantas veces que todo ha cambiado tanto que no se
atreverían a intervenir, casi ni a opinar.
Esta soledad tratamos de
paliarla reuniendo grupos de mujeres o de parejas embarazadas
para que en la medida de lo posible cubran estas necesidades
de comunicación, de establecer lazos de confianza y amistad,
de información.
Desde estos grupos creamos
espacios de convivencia, de intercambio, de información con
el fin que los nuevos bebés sean traídos al mundo por
madres, parejas, más autónomas, más confiadas en su
naturaleza, en su saber ancestral del arte de parir, en su
fuerza, en su ilusión por vivir las sensaciones más hermosas
que el cuerpo humano puede ofrecer.
Resultando una reafirmación
de autosuficiencia, de autopoder, de autoestima que vivida por
la madre e incorporada a su conciencia e inconsciente,
formará definitivamente parte de su experiencia vital que a
su vez transmite al recién nacido, que le alimenta y edifica
como lo hará el calor y el amor con que le amamante.
Otras influencias generarán
actitudes de debilidad y dependencia que se resumen
fácilmente en: "lo que usted diga, doctor", o,
" ¿me he portado bien, doctor?".
Amigas, crecer, crecer y
crecer es la posibilidad que se nos ofrece desde el día que
se nos enciende la chispa de la creación y decidimos caminar
esta aventura adelante.
EL DOLOR EN EL PARTO
Razones para que el parto
sea doloroso no nos faltan.
Cierto que las funciones
fisiológicas, respirar, digerir, ver, oír,... no nos duelen
salvo cuando algo no funciona. El dolor nos advierte de que
algo va mal.
La gestación y el parto son
también funciones fisiológicas y por tanto sólo en caso de
dificultades deberían presentarse con dolor.
Sin embargo, algunas
mujeres, quizás la mayoría viven el parto como algo
doloroso.
La literatura, la historia
de la obstetricia, conversaciones con personas mayores de
nuestro propio entorno o con personas de países en que la
tecnología no está al alcance de la mano ni siquiera cuando
es necesaria, me han permitido observar que partos con graves
problemas han ocasionado verdaderas tragedias, a veces
totalmente imposibles de evitar o de paliar que han acabado
con la muerte tormentosa del niño y de la madre. Cuando no
era posible realizar una cesárea ¿qué_ ocurría con un
niño dispuesto a nacer en posición transversal, es decir,
que no podía descender por el canal del parto?, ¿qué
ocurría con la madre y el niño en caso de tener una placenta
previa, es decir, una placenta situada tapando el cuello del
útero y que cuando éste empezaba a modificarse para abrirse,
la placenta iniciaba una hemorragia que no se detenía?.
Cuando no podíamos usar los antibióticos, ¿qué sucedía si
una placenta retenida que estaba ocasionando una hemorragia
fatal para la madre, pero que si la retirábamos con la mano
podía dar lugar a una infección igualmente fatal?
Situaciones como éstas,
imprevisibles muchas veces y sin solución casi siempre, eran
temidas por las mujeres.
Cuando una complicación de
este tipo se daba y la noticia llegaba, se extendía el
pánico entre las mujeres porque se veían en la posibilidad
de sufrir el mismo problema. Esta puede ser una de las razones
por las que cada parto se ha visto como un acontecimiento
cargado de riesgos e incertidumbres.
También he podido observar
que a pesar de los temores, en general, las mujeres esperaban
sus partos más confiadas y éstos se desarrollaban con más
facilidad. Al no existir tanto dominio de la naturaleza, tanto
control y tanta programación, seguramente que los procesos,
incluso de enfermedad y muerte, se vivían con más
aceptación. Por tanto también el parto transcurría con más
espontaneidad.
Hoy, morir a causa de una
placenta previa o de una infección es una posibilidad muy
lejana en Europa y en otros países. Por tanto este miedo,
este pánico, esta situación de alerta, de tensión que
condiciona el dolor debería ir cediendo. Deberíamos
sentirnos más confiadas al disponer de un diagnostico precoz
que nos permite tomar decisiones a tiempo. Tener acceso a los
hospitales, a una cesárea, a un tratamiento en el caso de
necesidad debería tranquilizarnos.
Sin embargo, en muchas
ocasiones seguimos sintiendo las contracciones del útero como
dolorosas. ¿Por qué?
Quizás porque no estamos
convencidas de que los graves peligros que rodeaban el parto
casi han desaparecido.
Quizás porque hemos hecho y
estamos haciendo grandes esfuerzos para controlar el cuerpo,
en aspectos tanto físicos como funcionales.
El enorme sedentarismo en
que vivimos. Los escasos movimientos que desarrollamos en
comparación con la capacidad de nuestro cuerpo.
Quizás al notar las
primeras contracciones nos tensamos, nos ponemos rígidas, nos
oponemos a ellas, casi las convertimos en calambres, en lugar
de soltarnos, de dejarnos llevar, de sentirlas como una ola en
la que se sumerge nuestro cuerpo. Vienen y se van. Acompañar
las contracciones con la respiración, sin modelos
preconcebidos, sin instrucciones previas, simplemente dejando
que suceda, tenuemente, relajando, abriendo el cuerpo entero.
Los protocolos hospitalarios
con que se recibe a la partera la sitúan prácticamente fuera
de su intimidad, de su territorio, del entorno de personas
conocidas.
Rasurado, enema, tactos
vaginales de manos extrañas que lejos de acercarse a la mujer
con la mirada y transmitirle confianza, la alejan al techo o
al último rincón, necesitan ser asépticos, impermeables,
para dar órdenes en lugar de pedir permiso y ofrecer
explicaciones.
Romper la bolsa de las aguas
y goteos de oxitocina que inducen unas contracciones tan
intensas y frecuentes que llevan a la mujer al límite de sus
fuerzas y a solicitar que se le administre la anestesia.
El monitoreo continuo le
niega la libertad de movimiento, de pasear... tan necesario
durante el trabajo de parto. Además posiblemente le nieguen
el alimento sólido o líquido.
Estos son los protocolos
más generalizados para proceder a la asistencia de un parto
normal.
Para que a una persona que
ingresa en un hospital se le aplique un protocolo parecido
debe presentar un estado de gravedad de cierta consideración.
Posiblemente esta sea otra de las causas que en la actualidad
impide la idea de que el parto es un hecho natural,
fisiológico, lleno de connotaciones emocionales que debiera
transcurrir en la intimidad, entre sensaciones nuevas, pero no
entre dolores.
PODRÍA SER ASÍ
Es importante conocer en
qué consiste el parto para que nuestra conciencia y nuestra
inteligencia faciliten una tarea para la que nuestro cuerpo ya
está preparado, fundamentalmente para que nos ayuden a alejar
los tabúes, a saltar barreras, a no oponer resistencias... y
permitan que el instinto innato fluya libremente.
Nos ayudaría sentir como el
útero empieza a entrenar sus contracciones semanas antes del
parto y conocer estas sensaciones que se reproducirán con una
nueva frecuencia e intensidad. También notamos como está
colocado el niño/a, cómo son sus movimientos y cómo va
consiguiendo introducir su cabeza o sus nalgas en nuestra
pelvis.
Cada contracción va seguida
de un tiempo de quietud, es bueno saber aprovechar este tiempo
para relajarnos, casi dormirnos si nos sentimos cansadas.
Durante el periodo de
dilatación, en que el útero abre su cuello hasta dejar pasar
el/la niño/a nuestra tarea más importante es relajarnos el
máximo para que la resistencia sea la mínima. Nos puede
ayudar: pasear, un baño o una ducha de agua caliente,
acurrucarnos en la cama o en una mecedora... lo que tu cuerpo
te pida. Si tienes sed, un jugo de frutas natural, una
infusión endulzada con miel pueden darte energía.
El agua durante el proceso
del parto en un ambiente íntimo, favorece la introspección,
la relajación, la confianza y todo ello hace que la mujer se
aísle del exterior y se vuelva hacia su interior para
sumergirse en sus sensaciones, y en íntimo contacto con su
instinto, lo deje fluir. El calor ayuda a la relajación y
ésta a la dilatación. Desde ahí la mujer se siente segura,
en armonía con su ritmo biológico y su capacidad innata de
parir. Cuando el/la bebé se decide a nacer unas veces la
madre querrá tocar con los pies en el suelo y salir del agua
y otras veces continuará sumergida.
Después de la dilatación
la cabeza del/a niño/a inicia su camino por la vagina,
presiona sobre el recto y da sensación de necesidad de pujar,
la sensación se vuelve inevitable, es el reflejo de necesario
para sintamos la necesidad de ayudar a nuestro/a hijo/a en
este último tramo de su camino hacia el mundo exterior. Se
trata de dejarnos llevar por el instinto y así avanzar por la
vagina, hasta salir.
En algún momento podemos
decir: "ya no puedo más", "hacedme lo que
sea", "ayudadme", ...
Todas, casi todas, tenemos
un momento en que nos parece que las fuerzas se nos acaban.
Pero no es así. Es el momento en que la medicina ortodoxa
aprovecha, si no lo ha hecho antes, para ofrecernos la
anestesia, ratificando nuestra debilidad y confirmando su don
de salvación. Todas, todas, todas podemos superar este
momento y continuar hasta regalarnos el/a recién nacido/a. A
veces nos anima poner nuestros dedos en la vagina y tocar sus
cabellos, a veces ver en un espejo como nuestra vulva va
abriéndose.
Comprobamos que nuestros
límites están más allá. Que podemos. Nos crecemos.
Antes de que acabe de salir
es importante no empujar tan fuerte, es necesario dar tiempo a
la vulva para que acabe su dilatación lentamente para que no
se desgarre. Una actitud activa, serena por nuestra parte nos
puede incluso permitir recibir el niño/a en nuestras manos.
Primero sale la cabeza y tranquilamente en la siguiente
contracción esperamos que salga el resto del cuerpo.
Para pujar podemos
encontrarnos más cómodas en cuclillas, de pie, reclinadas
hacia delante en nuestra pareja, en una mesa, en una silla,
sobre la cama, de rodillas... dentro o fuera del agua.
Después de que tu hijo
nazca, mientras te lo miras y acurrucas, una nueva y pequeña
contracción expulsará espontáneamente la placenta.
Sin prisas el papá puede
cortar el cordón, símbolo de la independencia que adquiere
la nueva vida, símbolo de una separación que nunca acabará
de producirse.
El/a recién nacido/a en su
primera hora de vida tiene los reflejos especialmente
estimulados, por ello vale la pena satisfacer su necesidad de
calor y acogida de su madre para acercarlo al pecho y dejar
que haga su primer esfuerzo de succión. La succión frecuente
alimentará su necesidad de afecto y estimulará en los
próximos tres o cuatro días la venida de la leche.
Esta pequeña descripción
puede darte una idea de cómo puede transcurrir un parto,
dando cabida a todas las peculiaridades de cada uno/a. Sin
embargo, no hace falta memorizar nada, tu cuerpo y tu hijo/a
te lo recordarán en cada momento.
Coincido con el Dr. J. Gol
cuando definía la salud como: "La forma de vida que
permite a las personas ser autónomas, con el mínimo posible
de limitaciones y dependencias; solidarias, ya que no es
posible el crecimiento sin colaborar con los demás; y
gozosas, satisfechas a nivel profundo y con una buena
relación con la realidad, con ganas de avanzar e ilusión de
cambio, aunque en determinadas zonas de su cuerpo se
encuentren mal".
Se trata, en definitiva, que
las personas reconozcan sus facultades para defender su salud
y no caigan de una manera inconsciente, débil o sumisa en una
dependencia de otros, sean personas, médicos de cualquier
tendencia, medicinas o remedios de todas clases. Que se
nieguen a ser "pacientes", en todo caso yo las
prefiero rebeldes, porqué habitualmente ser
"rebelde" supone una mayor toma de conciencia.
Primero estimular el
autoconocimiento, el autocuidado, la autocuración y después
acudir en busca de ayuda, la que mejor nos resulte.
En este sentido el
nacimiento vivido como estado de salud, emocionalmente un
momento fantástico, y movilizador de energías,... debe
formar parte de estos momentos de crecimiento personal que la
vida nos ofrece de forma importante en contadas ocasiones,
aunque tratemos de ascender día a día, uno a uno, sus
peldaños.
El/la recién nacido/a fruto
de esta trayectoria, la impregnará más directamente en su
inconsciente y se forjará más fuerte, más autónomo, más
libre de dependencias y posiblemente desde su autonomía más
solidario/a si el entorno le acompaña y puede escapar de sus
peores influencias.
En esta delicada tarea
desearía que nos encontráramos.
Montserrat Catalán i
Morera.