Fue un domingo 21 de noviembre cuando empecé a tener mis primeras contracciones muy suaves y espaciadas. Eso era un simple aviso de lo que podría ocurrir después. Esa misma tarde empezó el parto. Nunca llegué a imaginar la fuerza e intensidad que podría llegar a tener una contracción; por mucho que te lo expliquen, la vivencia en tu propia piel es la pura realidad. Siguiendo los consejos de una comadrona conocida y basándome en el libro de Thèrése Bertherat "Con el consentimiento del cuerpo", cuando venía la contracción, yo me limitaba a "soplar por la vulva", abrir la boca y relajar la mandíbula. En esos momentos sentía cómo iba dilatando y cómo Nora empujaba con fuerza para salir... Me di cuenta que yo ya sabía lo que tenía que hacer y no necesitaba muchos consejos externos, tan sólo una mano amiga que se dejara estrechar y MUCHA, MUCHA CONCENTRACIÓN. Sobretodo bascular la pelvis de manera que mi cuerpo dibujara una cuna, evitando arquear la espalda hacia atrás. Entre contracción y contracción, sentí unas enormes ganas de dormir, y así me dejé llevar, escuchando aquello que mi cuerpo me pedía.

Sentí como Nora empujaba con mucha fuerza para salir al mundo, y yo me limitaba a ayudarla, evitando bloquear mi respiración. Alguien dijo: "Aquí está la cabecita, tócala "Qué emoción tan intensa sentí. Allí se mezclaron las ganas de reír y llorar a la vez, brotando lágrimas que reflejaban el estado en el que nos encontrábamos en ese momento. Un momento mágico, denso, de penetrante olor, de alivio y de cansancio, un momento de cien, de mil o de cien mil colores a pesar de la tenue y " considerada" luz que casi, casi pedía estar también presente en ese momento único.

Nació Nora, una bebé con mucha vitalidad. Me la pusieron sobre mi pecho tapada con una toalla y así estuvimos largo rato abrazadas la una a la otra. Después, el cordón umbilical físico dejó de latir, y fue cortado. Pero otro lazo, si cabe más fuerte, continúa uniéndonos hasta hoy. Una mirada clara y penetrante de ojos grandes y abiertos llenan los recuerdos de esos primeros instantes.

Yo había hecho mi trabajo, que no por repetido durante milenios, deja de ser único y mágico. Es justo reconocer que mis esfuerzos siempre se vieron aliviados por la colaboración del equipo profesional y de mi buen compañero, a los que nunca, por muchas palabras de agradecimiento que les haga, compensaré la ayuda recibida.

Miren